Opinión

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23/03/2020 | 24/03/2020

Aportes a la memoria

Por Ángel Bruno

1.- Serían las cinco y media de la mañana del lunes 29 de noviembre de 1976 cuando me despertó el llamado del teléfono que tenía en mi mesita de luz. Al responder, la voz del Padre Baqué me comunicó, con tono grave: “Cacho, estamos rodeados de fuerzas policiales y militares. Fijate si podés hacer algo”. La conversación fue corta. Me contó que estaban con el Padre Bernardo haciendo gimnasia en la azotea del edificio parroquial, como todas las mañanas al levantarse, cuando escucharon los ruidos y vieron el vasto operativo. Que llamó o iba a llamar a otro u otros parroquianos y que yo hiciera lo mismo. Que estaban esperando que los del operativo tocaran el timbre o entraran por la fuerza.

 

2.- Hacía meses que algunos sacerdotes de la Parroquia del Santísimo Redentor, ubicada en Larrea y Beruti, Barrio Norte, actual Comuna 2, Recoleta, de la Ciudad de Buenos Aires, estaban siendo perseguidos. La Parroquia y el Colegio contiguo, San Miguel, eran (y son) propiedad de la Congregación de los Misioneros de la Inmaculada Concepción, más conocidos como “lourdistas”, ya que se constituyó en Lourdes luego de las apariciones de la virgen en esa localidad francesa. La formaron los antiguos “padres de Garaison”, que eran los sacerdotes de la diócesis de Lourdes que se ocupaban del santuario que en ese paraje cercano se había levantado en conmemoración de las apariciones de la virgen allí, varios siglos atrás. Cuando apareció en Lourdes, esos sacerdotes, con experiencia en apariciones de la virgen, se ocuparon de lo que hoy es uno de los principales santuarios del mundo, y se constituyeron en Congregación, con sede en Garaison. Dedicados a misionar llevando el mensaje de Lourdes, llegaron a la Argentina a principio del siglo veinte, y abrieron casas (parroquias y colegios) en Tucumán, Catamarca y Ciudad de Buenos Aires, además de un predio para retiros, deportes y descanso, en General Rodríguez, Provincia de Buenos Aires.

 

3.- La Parroquia del Santísimo Redentor y el Colegio San Miguel eran una unidad. Los sacerdotes compartían el comedor, tenían sus habitaciones en un mismo sector, una misma sala de estar, y se distribuían las funciones, que ejercían en la Parroquia, en el Colegio o en ambos lugares. Así, los sacerdotes que preferentemente atendían la Parroquia, daban clases de religión en el Colegio, y los trabajaban preferentemente en el Colegio oficiaban las Misas ordinarias de la Parroquia. Por otra parte, las ceremonias litúrgicas y administración de sacramentos para los alumnos se hacían en la Parroquia, y las instituciones parroquiales utilizaban las instalaciones del Colegio para muchas de sus actividades. El predio de General Rodríguez era utilizado indistintamente por Parroquia y Colegio. Por supuesto, había una línea de acción catequística y pastoral común.

 

4.- Cuando yo ingresé al Colegio, en la primaria, había muchos sacerdotes, y la mayoría eran franceses. A principios del 76 eran nueve, cuatro de ellos franceses, de los cuales dos se dedicaban exclusivamente al Colegio. Desde hacía un cierto tiempo habían aparecido diferencias entre quienes se ocupaban más de la Parroquia y quiénes lo hacían en el Colegio. En buena medida producto de la diferencia de edades, ya que la mayoría de quienes estaban en la primera eran jóvenes llegados hacía poco, y en el Colegio permanecían los más veteranos e históricos. Las rencillas eran básicamente de carácter doméstico, vinculadas muchas veces a las decisiones del “ecónomo”, que era quien administraba las cuestiones cotidianas de la comunidad y el predio de Gral. Rodríguez y gozaba de un carácter, para algunos, un tanto difícil. Cierto es que la pastoral y la prédica de los sacerdotes más jóvenes estaba más vinculada con los documentos de la Iglesia de ese tiempo, como los del Concilio Vaticano II o los elaborados por la Conferencia Episcopal Latinoamericana en Medellín, mientras que los del Colegio eran más tradicionales; pero cierto es, también, que las desavenencias eran básicamente por cuestiones domésticas. 

 

5.- Esas desavenencias fueron haciendo de Parroquia y Colegio dos compartimentos estancos, cada uno en lo suyo y de acuerdo a sus maneras. Incluso se deterioró la vida comunitaria, y hasta las comidas se realizaban por separado. La situación se fue volviendo pública y preocupó al Superior General de la Congregación, Padre René Point, que viajó desde Garaison para remediar la cuestión. Y luego de algunos días de observación, diálogos y consejos, resolvió que lo mejor era que los más jóvenes se hicieran cargo de Parroquia y Colegio, para que ambas instituciones volvieran a actuar como un todo, con una pastoral de conjunto, como la que se daba en otros tiempos, y que los sacerdotes del Colegio se trasladaran a Tucumán, para servir en el Sagrado Corazón, colegio lourdista de San Miguel, uno de los más importantes de esa ciudad. Estamos en diciembre de 1975.

 

6.- La decisión del Superior no cayó bien en el Colegio. Uno de los sacerdotes no acató la orden de viajar a Tucumán, y se quedó en casa de un profesor, y el otro pidió tiempo y permaneció en el Colegio. Y varios padres de alumnos, con apoyo de algunos profesores, comenzaron una campaña de desprestigio contra los sacerdotes jóvenes de la Parroquia creyendo que con eso ayudaban a los que debían irse y no querían, y que lograrían cambiar la decisión del Superior, que ya había partido de vuelta para Francia.

 

7.- Lo lamentable fue que la estrategia de descrédito fincó en acusar de marxistas a los curas de la Parroquia. Muchas familias de alumnos del Colegio y otras tantas de dirigentes parroquiales o de concurrentes a las liturgias y actividades, recibieron varios mensajes anónimos impresos en mimeógrafo con esas acusaciones. Los anónimos fueron luego reemplazados por mensajes firmados por quienes se constituyeron en “Unión de Padres” del Colegio, sin que cambiaran el tenor de las acusaciones y lo grotesco de sus términos. Tales acusaciones se transformaron, además, en una denuncia llevada a las autoridades educativas de quienes dependía el Colegio. También se vieron pintadas en algunas paredes del barrio, que exclamaban “fuera los curas ‘bolches’ del San Miguel”. Un profesor de filosofía del Colegio preparó un informe, según él solicitado por la “Unión de Padres” y luego circulado, donde dictaminaba que ciertos dichos de los sacerdotes de la Parroquia podrían encuadrarse, “desde el punto de vista de la lógica formal”, dentro del pensamiento marxista. En esa vorágine también se acusó al Superior General de entregar la conducción de la Parroquia y del Colegio a “sacerdotes marxistas”.  En esos tiempos de inicio de la peor y más sangrienta dictadura militar en Argentina, con su brutal represión, no era un tema banal acusar a alguien de marxista. Aunque para no pocos sedicentes cristianos muchas conclusiones del Vaticano II y de Medellín abrían las puertas al marxismo.

 

8.- En la Parroquia nadie era marxista, ni los curas ni los dirigentes laicos. Pero sí estábamos comprometidos con la opción por los pobres y teníamos en claro las consecuencias nefastas del pecado estructural, pecado social de quienes imponen, consienten o se benefician de estructuras injustas que oprimen a las mayorías en favor del materialismo del poder y del dinero. Creíamos realmente que el llamado de Jesús a construir el “reino de Dios” es trabajar para la instauración de una sociedad justa y solidaria, fraterna y sin violencia.

 

9.- Desde varios años antes, particularmente durante los encuentros de la Misa de la Juventud, se debatían esos temas en la Parroquia. Uso de la fuerza, propiedad privada, modos de dependencia, formas de liberación, rol del cristiano, doctrina social de la Iglesia, teología de la liberación, sacerdotes para el tercer mundo, eran cuestiones trabajadas, en mayor o menor medida, por la comunidad parroquial. Pero nunca se adhirió al marxismo ni al comunismo ni a la violencia. Al contrario, siempre se mantuvo fidelidad al Evangelio y al pensamiento que en su consecuencia desarrollaban los documentos de la Iglesia de esos tiempos.  

 

10.- Una actividad parroquial que venía desde muchos años más atrás y que para el párroco de entonces tenía prioridad, era el trabajo en Villa Hidalgo, una villa de emergencia marginal de un barrio pobre cerca de Boulogne, Partido de San Martín, Provincia de Buenos Aires. Desde mediados de los años sesenta el Padre Andrés Baqué se ocupaba, con algunos laicos colaboradores, de ir los fines de semana a la villa para ayudar de diversas formas a sus ocupantes. Entrega de ropa colectada entre la feligresía, atención médica a cargo de estudiantes de medicina de la parroquia, entretenimientos para los niños del lugar (una vez aporté mi proyector de películas de 16 mm y algunos rollos), ayuda en pequeñas obras (me acuerdo de haber cavado, junto a otros, una zanja de desagüe) eran algunas de las colaboraciones. Por supuesto, Baqué se ocupaba de conversar con los pobladores y organizar liturgias y administración de sacramentos, y con el tiempo se edificó una escuela primaria que recibió reconocimiento oficial. Se creó en el barrio una interesante comunidad, en contacto permanente con un grupo de feligreses de la Parroquia, que intervenía en la vida de ésta y que luego adoptó el nombre de “Grupo de apoyo a Villa Hidalgo”. 

 

11.- La prédica que los sacerdotes hacían en las Misas y en las actividades de los distintos grupos parroquiales, o en las clases de religión que impartían en el Colegio, no se apartaban un ápice de la doctrina oficial de la Iglesia, aunque era un hecho que parte de ese pensamiento, plasmado en los documentos conciliares y del episcopado latinoamericano, eran considerados por entonces como pro-marxista por los sectores reaccionarios de la Iglesia y por las fuerzas armadas que habían usurpado el poder. Los sacerdotes no eran intelectuales ni grandes pensadores o notables oradores.  Por el contrario, los sermones eran mensajes sencillos, más bien cortos y alejados de cuestiones políticas o ideológicas. Eso sí, se insistía en la necesidad de practicar la solidaridad como forma de amar, y algún sacerdote a veces iba al grano y decía cosas como por ejemplo “de nada sirve venir a Misa si no se le paga un salario digno a la empleada de servicio doméstico”.

 

12.- Por eso la acusación de marxistas a los sacerdotes de la Parroquia para resolver un problema doméstico fue desleal, artera y repudiable por donde se la mire. Y fue terrible porque en esos tiempos, para la dictadura militar trabajar en villas de emergencia, discutir temas como los que proponían los jóvenes de la Misa de la Juventud, hablar del pensamiento de Teilhard de Chardín o de la doctrina social de la Iglesia o decir en algún sermón que había que pagar un salario digno a los empleados, era entrar en la categoría de sospechoso de marxismo. Y el marxismo era el enemigo a exterminar.

 

13.- Frente a la ola de ataques que recibían y en el contexto en que se producían, muchos laicos cercanos, que ocupábamos lugares de conducción en la Parroquia (yo era Presidente de la Junta Pastoral Parroquial, órgano de planificación, dirección y coordinación de la labor que desarrollaban las más de quince asociaciones y grupos de laicos que en ella actuaban) éramos partidarios de que los sacerdotes salieran a desmentir públicamente las acusaciones y tomaran recaudos suficientes, entre ellos, hablar con las autoridades militares, buscando contactos influyentes. Pero ellos, un poco ingenuamente, no querían dar trascendencia al asunto pensando que las cosas se encarrilarían solas. No obstante, dieron algunos pasos. Informaron de lo ocurrido al Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Juan Carlos Aramburu, quien les envió una nota ratificándoles su confianza. Emitieron un comunicado público donde desmentían las acusaciones, que no tuvo difusión. Y recibieron una “Disposición” de la autoridad educativa ante quien la “Unión de Padres” había formalizado su denuncia, que pedía a la “comunidad educativa…tranquilidad, reflexión y apoyo a los directivos”. Con esos documentos como adjuntos, y creyendo que se serenarían los ánimos, a fines de mayo de ese año 1976, dirigieron una circular a las familias del Colegio, comunicando que, en virtud de tales documentos, se había encargado a algunos padres iniciar un proceso, con participación de todos, para constituir la Unión de Padres del Colegio San Miguel (ignorando de hecho a la de los padres acusadores que, en realidad, no tenía ninguna legitimación). Pero nada de esto fue suficiente. Por una parte, la “Unión de Padres” no hizo esperar su total rechazo a la circular, manteniendo, en sucesivas comunicaciones, sus crudas acusaciones de marxistas, advirtiendo que la lucha seguiría hasta lograr sus objetivos, y diciendo, incluso, que “se impone una acción categórica”. Por otra parte, en agosto, en un almuerzo comunitario donde se celebraban los cincuenta años de sacerdocio del Padre Clemente Pujade, el más veterano de la Parroquia, que no integraba la lista de los acusados, el entonces obispo de la diócesis de San Justo Monseñor Jorge Carreras, que había sido alumno del Colegio y que estaba sentado a mi lado en la mesa principal, me comentó muy preocupado, que en una reunión social en su diócesis en la que había militares, éstos comentaron muy negativamente lo que sucedía en la Parroquia. Evidentemente, la decisión estaba tomada.

 

14. Y así fue. Aquel 29 de noviembre, luego de recibir el llamado del Padre Baqué y de telefonear a Horacio Sánchez Caballero, un destacado e histórico dirigente parroquial (quien quedó en llamar y comunicar lo ocurrido al Padre Dionisio León Marqué, Superior Provincial de la Congregación, residente en Tucumán) corrí hacia la Parroquia, a dos cuadras de mi domicilio. Al salir me encontré con el encargado del edificio, a quien le conté lo que estaba sucediendo y le pregunté si había visto algo. “Ah, ¡con razón!”, me dijo. “¿Con razón qué?”, le pregunté nervioso e intrigado. “Ayer vino un policía vestido de civil que me hizo varias preguntas sobre vos. Si hacías reuniones en tu casa, si venía mucha gente, que horarios tenías y esas cosas. Le dije que eras una persona muy buena y muy católico, que si quería fuera a buscar más datos a la Parroquia”. “¿Y cómo no me avisó?”, lo reté. “Es que me pidió que para no asustarte no te dijera nada, que eran preguntas de rutina”, fue la respuesta.

 

15.- Cuando llegué a la esquina no pude pasar. Había un cordón policial-militar que cortaba el tránsito y el paso peatonal, a dos cuadras a la redonda de la Parroquia. A esta altura yo estaba muy preocupado y asustado no solo por los sacerdotes sino por mí mismo y por los demás dirigentes parroquiales. Estaba claro que tenían listados que nos incluían. En esos tiempos de secuestros y desapariciones lo que estaba sucediendo podía terminar de la peor manera. En los meses previos había habido ataques feroces contra religiosos y laicos. Los asesinatos de tres sacerdotes y un seminarista de la Congregación de los Palotinos, las desapariciones de catequistas en las villas de emergencia, la detención en Ecuador del obispo argentino Vicente Zazpe sin reacción de las autoridades nacionales, por citar algunos ejemplos de esos días, daban cuenta de la persecución a ciertos sectores de la Iglesia y que la represión salvaje no se detenía ante nada ni nadie. Yo no sabía qué hacer. Incluso temía hablar por teléfono por miedo a que estuviera intervenido. Hice algunas llamadas desde otros teléfonos. Mis compañeros de la Democracia Cristiana, partido político donde militaba, me sugerían que cambiara de domicilio por un tiempo, por las dudas. Mi esposa, Amalia, me decía lo contrario. Que nada malo habíamos hecho y que yo, como Presidente de la Junta, tenía que ponerme al frente de la resistencia, informando y conteniendo a todos los feligreses. Me pareció una posición ingenua y peligrosa, pero la rabia por lo que estábamos viviendo y mi compromiso de dirigente hicieron que la aceptara. Y desde esa misma tarde, en la que invité a reunirnos en el salón parroquial a todos los feligreses desconcertados y preocupados que venían en busca de noticias y explicaciones, todos los días, luego de la Misa de las 19 horas, que se seguía celebrando, emití un parte diario en el salón parroquial sobre lo que sabíamos y lo que hacíamos, a todos los dirigentes y militantes parroquiales, con quienes después intercambiábamos opiniones. En todo ese tiempo no fuimos molestados por los militares, aunque sí nos sentíamos vigilados. 

 

16.- Aquella mañana, luego de cercar la zona, los militares irrumpieron en la Parroquia. Apenas llamaron a la puerta, los sacerdotes abrieron y fueron detenidos. Se produjo entonces un allanamiento y requisa minuciosa de todo el predio ocupado por Colegio y Parroquia. Ambiente por ambiente, habitación por habitación, salón por salón, cocina, baño, escaleras y cuanto lugar existiera fueron revisados. Incluso los lugares del templo propiamente dicho: se revisó el altar mayor, el sagrario, la sacristía y un pequeño lugar de depósito ubicado atrás del altar. Los sacerdotes colaboraron abriendo con sus llaves todos los lugares revisados. No hubo malos tratos físicos pero tampoco cortesía alguna con los sacerdotes y un par de dependientes que se encontraban con ellos. Al revisar la cocina, el cocinero, histórico empleado del lugar, se enojó y sufrió, según su relato posterior, un simulacro de fusilamiento. Lo que amedrento aún más a quienes padecían la situación. Terminada la inspección, los militares tomaron la insólita medida de “intervenir” la Parroquia: clausuraron las habitaciones de cinco sacerdotes, colocando las correspondientes fajas en sus puertas, y redactaron un acta nombrando responsable de la Parroquia (nombramiento de nula eficacia canónica) al Padre Juan M. Barrere, sacerdote francés que aún permanecía en el Colegio en rebeldía con la orden impartida por el Superior General de la Congregación (ni se le ocurrió ejercer el cargo). Acto seguido terminaron el operativo llevándose detenidos a cuatro sacerdotes: Andrés Baqué, que era el Párroco, Bernardo Canal Feijoo, Daniel Hladki e Ignacio Racedo Aragón, que era el Superior (máxima autoridad) del Colegio.

 

17.- Producto de los intercambios telefónicos habidos durante esa mañana, el General retirado Tito Ulises Michelini, que presidía el Consejo de Administración, y como tal era parte de la Junta Pastoral Parroquial, se movió con premura entre sus amistades militares y logró informarse que los sacerdotes habían sido trasladados a la Comisaría de la Seccional 19, a la que pertenecía la Parroquia. Allí fue e hizo valer su grado militar frente a las autoridades policiales que, en un principio, le negaban las detenciones y cualquier otra información. Finalmente, y ante un descuido de aquéllos, pudo ver al Padre Baqué a lo lejos. Lo saludó a voz en cuello anunciándole que estábamos con ellos, lo que fue respondido por el sacerdote. La actuación del general Michelini fue impecable, no sólo por haber dado en tiempo oportuno con el paradero de los sacerdotes sino porque, al ver y hablar con Baqué, blanqueó de hecho la situación.

 

18.- Esa mañana Sánchez Caballero se contactó con el Padre Marqué, quien avisó que vendría a Buenos Aires en el primer vuelo disponible. Llegó al día siguiente y en seguida se reunió con nosotros. Yo personalmente lo acompañé ese día a ver a Monseñor Aramburu, y al Nuncio Apostólico, Monseñor Pio Laghi. Ambos nos recibieron inmediatamente, en forma personal y sin protocolos. Les contamos lo sucedido y sus antecedentes, y le pedimos protección, para los sacerdotes y para la feligresía. Los dos se solidarizaron y prometieron ayuda y acción inmediata. El Cardenal Aramburu se ocupó del caso en forma personal y estuvo en contacto permanente con nosotros, tanto en forma directa como a través de uno de sus vicarios, Monseñor Arnaldo Canale. Poco después también tomó cartas en el asunto la Embajada de Francia en Buenos Aires, dado el carácter francés de la Congregación atacada y del Párroco detenido. Y viajó raudamente desde Francia el Superior General de la Congregación, Padre Point, para estar cerca de los sacerdotes y tomar las medidas que fueran necesarias.

 

19.- Al día siguiente del operativo militar, todos los medios de comunicación le dedicaron grandes espacios, encuadrándolo en una acción antiguerrillera, con sacerdotes sospechados de vinculación con la subversión. El vespertino La Razón consignó que se había detenido también al Padre Gerónimo Paz, otro de los sacerdotes jóvenes de la Parroquia, que había viajado a Tucumán el día antes de la irrupción militar, lo que convirtió al reporte en sospechoso de haber sido escrito por alguna fuente ligada al operativo, antes de producido, que daba por hecho la detención también del sacerdote Paz. En su edición del día siguiente La Razón tituló un recuadro en primera plana “Veneno marxista para nuestros niños”, indicando en su bajada que el operativo realizado en el Colegio San Miguel “pone al descubierto la tarea de infiltración marxista de algunos institutos privados de educación confesional. Se habrían averiguado ya muchas cosas…” En una edición posterior dijo verdaderos disparates sobre la forma en que se “inocula el veneno marxista” en las clases de religión. Los padres de los alumnos del Colegio comprometidos con las denuncias y acusaciones, realizaban en esos días conferencias de prensa en el domicilio de uno de ellos, ampliando esas acusaciones y defendiendo el operativo militar. Esas opiniones eran reproducidas por los principales medios gráficos, particularmente por La Nación y La Razón. En cambio, organizamos una conferencia de prensa conjunta con el Presidente de la Comisión de Padres oficial del Colegio, a desarrollarse en el salón parroquial, a la que no concurrió ningún medio. Yo, acompañado de otro dirigente parroquial, recorrí una tarde las redacciones de varios diarios llevándoles una gacetilla con nuestra visión de los hechos. Solo los diarios La Opinión y el Buenos Aires Herald tomaron y comentaron la información. En el caso del “Herald”, fuimos recibidos por su director, Robert Cook, quien se mostró muy interesado en el hecho, nos brindó su solidaridad y escribió una muy buena nota en el diario aclarando las cosas.

 

20.- Los sacerdotes, una vez detenidos en la Comisaría 19, fueron trasladados al Departamento Central de Policía y alojados en sus celdas. Allí recibieron la visita de Monseñor Aramburu, y se les permitió recibir alimentos y prendas de vestir que le llevaban laicos de la Parroquia. Cuentan ellos que en el momento de ser trasladados, con destino incierto y dado el contexto en el que se vivía, se dieron mutuamente la absolución sacramental. También cuentan que haber recibido al Arzobispo, quien le dio información y les expuso los esfuerzos que él y muchos más estaban haciendo por su liberación, los tranquilizó y les dio mucha fuerza y esperanza. También la actitud de los feligreses de la Parroquia y los envíos que se les hacían, que los hizo sentir muy acompañados.    

 

21.- El Padre Marqué, al día siguiente de su llegada y luego que fuéramos a reunirnos con el Arzobispo y el Nuncio, abrió la puerta de una de las habitaciones de los sacerdotes sin poder evitar que se rompiera la faja de clausura. Eso lo asustó y resolvió comunicarse con el Comando del Primer Cuerpo de Ejército, que era quien, según las versiones periodísticas, había dirigido el operativo. Cuando llamó por teléfono lo atendió el Segundo Comandante en persona, General  Jorge Olivera Róvere, quien le confirmó que el operativo estuvo bajo su dirección, le agradeció el llamado mostrándose perplejo que se hubiera producido dos días después de los hechos y no antes, y lo invitó a reunirse con él enseguida para conversar. Pocos momentos después se encontraban frente a frente en el despacho del General. Olivera Róvere le explicó que el operativo se hizo necesario en virtud del cúmulo de denuncias recibidas contra los cuatro sacerdotes detenidos, por actividades sospechosas de estar vinculadas a la subversión. Que del allanamiento no se encontró nada significativo que avalara esas denuncias, sólo algunos textos “pro-marxistas”, como el libro de Eduardo Galeano “Las venas abiertas de América Latina” y ejemplares de la revista “Pan y Trabajo”, editada por la Parroquia de San Cayetano, del barrio de Liniers, (ediciones públicas autorizadas por el obispo) y también una carpa de campamento (que se usaba en el predio de General Rodríguez y tal vez en alguna salida de montañismo, a lo que eran aficionados los sacerdotes). Pero lo que más pesaba era el uso que uno de los sacerdotes le había dado al mimeógrafo de la Parroquia. El Padre Marqué le contestó que si eso era todo, “habían usado un cañón para matar a un mosquito”. Y le preguntó cuándo los dejarían volver a la Parroquia. El General contestó diciéndole que si bien no había nada como para enjuiciarlos, tampoco podían dejar que volvieran tranquilamente a la Parroquia, por la inquietud negativa que habían despertado en el vecindario, en ese tiempo de lucha implacable contra la subversión. Y que, sabedor que la Congregación tenía casas y actividades en Francia, les pedía que los trasladaran allí. El Padre Marqué le contestó que no estaba en sus manos resolver esa cuestión, que era incumbencia del Superior General (que aún no había llegado a Buenos Aires). Quedaron en volver a conversar cuanto antes sobre esa determinación del Comando, para acelerar la libertad de los sacerdotes. La opción era, entonces: o se van a Francia o permanecen detenidos.

 

22.- Detengámonos un momento en el mimeógrafo. La Parroquia contaba con uno que administraba el “ecónomo”, el Padre Canal Feijoo. En él se hacían las comunicaciones, y las asociaciones y grupos parroquiales debían pedirle permiso para hacer sus impresiones: invitaciones, documentos u oraciones para discutir o rezar en grupo, noticias, etcétera. En mi caso, allí imprimía los órdenes del día y las convocatorias a las reuniones de la Junta Pastoral Parroquial y a las convivencias parroquiales, y mis saludos de Pascua y Navidad a la feligresía, que se repartían a la salida de las Misas. El Padre Canal Feijoo nunca negaba el uso del mimeógrafo a nadie, siempre que los conociera. Y tampoco se lo negó una vez, a fines del año 1975, a dos ex alumnos del Colegio. Resultó que esos ex alumnos imprimieron allí unos volantes de propaganda política, a favor del Partido Peronista Auténtico, que competía en las elecciones de la Provincia de Misiones, apoyado por el grupo guerrillero Montoneros. Partido recientemente constituido, sólo en esa Provincia, que era ferozmente combatido por el sector de la derecha peronista y por los grupos paramilitares creados por José López Rega. Canal Feijoo no tenía ni la menor idea del destino de los volantes impresos en su mimeógrafo. Pero se hizo trascender el hecho como prueba en su contra y, de paso, en contra de los restantes sacerdotes detenidos.

 

23.- Los padres de alumnos que acusaron a los sacerdotes lo siguieron haciendo luego del operativo, con las conferencias de prensa y en el boca a boca con otros padres y feligreses. Hasta se llegó a decir que el día del operativo se habían encontrado armas atrás del altar y que se había visto salir detenida de la Parroquia a la dirigente guerrillera Norma Arrostito. Todo ello hizo que algunos feligreses dudaran y preguntaran si eso era cierto. Y unos cuantos se apartaron de la vida parroquial, muchos por las dudas y por temor, más que por convicción. La gran mayoría no siguió ese camino. Por el contrario, conocedores de quiénes eran, que pensaban y cómo actuaban esos sacerdotes con quienes compartían la misma fe, las mismas actividades y hasta numerosas reuniones sociales, el grueso de los dirigentes y feligreses parroquiales se indignó con el operativo y con la actitud de quienes, con sus denuncias, lo hicieron posible, y brindaron toda su solidaridad con los sacerdotes detenidos y con la Congregación en general. Las Misas vespertinas de esos días, oficiadas por el Padre Marqué o el Padre Pujade eran muy concurridas, seguidas por las reuniones en el salón de la Parroquia, ya comentadas. Todo esto fortaleció a la comunidad parroquial, que se unió fuertemente a partir del dolor que se sufría. Todo ello sin perjuicio del temor que aun sentíamos y los cuidados que tomábamos.

 

24.- Cuando el Padre Marqué transmitió la propuesta del General Olivera Róvere al Arzobispo, Monseñor Aramburu enfureció. No podía ser que para que el ejército no apareciera habiendo hecho un operativo en falso, la Iglesia tuviera que sacar del país a cuatro de sus miembros jerárquicos asumiendo, de hecho, que parte de ella estaba comprometida, de alguna manera, con la subversión. Si los militares reconocían que a los sacerdotes no se les había encontrado nada comprometedor, que salieran libres sin condicionamientos. De lo contrario, que se los sometiera a proceso. Olivera Róvere insistió con su propuesta de que los trasladaran a Francia, con distintas y sutiles presiones. Yo recuerdo haber visto a Monseñor Canale cuando vino a la Parroquia en nombre del Arzobispo, para reunirse allí con el Coronel Roberto Roualdés, que era quien había conducido el operativo en el terreno, quien venía en nombre del General. El Arzobispo no cedía, pese a las presiones de los militares. El Padre Point, que ya estaba en Buenos Aires, quería llevarse a los cuatro a Francia por elementales razones de seguridad y para evitar problemas futuros. Pero Monseñor Aramburu no lo dejó.

 

25.- Pasaban los días y no había cambios en las posiciones. Pero algunos hechos externos iban produciendo sus efectos. No sólo la Iglesia oficial de la Argentina reclamaba la libertad irrestricta de los sacerdotes, sino que la Embajada de Francia y la Nunciatura Apostólica seguían interesadas en ellos. Por otra parte, el desconcierto y miedo de los feligreses y del barrio todo luego del operativo, se fue decantando y, al contrario, se fue creando una fuerte unidad entre los laicos, que pedían todos los días por su libertad, que iban siendo cada vez más, que les llevaban alimentos y ropas y que seguían yendo a la Parroquia y a sus reuniones. Entonces, a los quince días del operativo, el ejército flexibilizó su posición y dejó en libertad al Párroco Baqué y al Superior Racedo Aragón, pero exigiendo la inmediata partida a Francia de Canal Feijoo y Hladki.

 

26.- Nos enteramos meses después porqué desconfiaban de Hladki, que era de los cuatro el más “campechano”, oriundo del interior de Tucumán, y que en la Parroquia tenía a su cargo la dirección espiritual de un grupo de encargados de edificios de departamentos del barrio, que se juntaban todas las semanas en la Parroquia, además de ser representante legal del Colegio. A raíz de la tensión que se fue viviendo en el Colegio desde los cambios que produjo en su conducción el Superior de la Congregación, algunos profesores renunciaron a sus puestos. Entre ellos el de filosofía que había firmado el dictamen más arriba mencionado, referido a la “lógica formal”. El Padre Racedo Aragón le pidió entonces a Amalia, mi esposa, que aceptara ese cargo, al menos provisoriamente. Ella, Licenciada en Psicología, podía dictar la materia que quedaba vacante, pero con título “habilitante”, ya que su carrera no otorgaba título “docente”. Presentado su curriculum a la Superintendencia Nacional de Enseñanza Privada (SNEP), antes del operativo, la aceptación (que generalmente era un trámite burocrático de pocos días) no llegó. Luego de producido el operativo y encontrándose el Colegio intervenido por el Ministerio de Educación, fuimos con Amalia y el Padre Marqué a recabar información a la SNEP y nos recibió el profesor Alfredo Tagliabue, a cargo de la Superintendencia. Nos dijo que no se iba a aceptar la designación de Amalia, porque prefería que se hicieran esfuerzos en conseguir a alguien con título “docente”, es decir, profesor. Le preguntamos si esta exigencia (absolutamente desusada en casos similares) tenía que ver con el operativo y la sospecha sobre los sacerdotes. Nos dijo que de ninguna manera, pero que tuviéramos cuidado, porque, por ejemplo, “el auto del padre Hladki apareció en un operativo guerrillero”. Ahí nos dimos cuenta porque a Hladki lo tuvieron detenido hasta el final. El auto de Hladki, un Citroen viejo y destartalado con el que ejercía su función pastoral recorriendo los cerros catamarqueños, le fue robado en la parroquia de La Puerta, pequeño pueblito de las montañas de Catamarca, conectado con El Rodeo, que eran los dos lugares atendidos por los lourdistas en esa Provincia. El auto robado apareció tiempo después abandonado, supuestamente por los guerrilleros.

 

27.- Con la vuelta de los Padres Bacqué y Racedo Aragón la Parroquia fue una fiesta. Pero nadie bajó los brazos, y ambos se pusieron hombro a hombro con los laicos para seguir rezando y actuando por los que todavía estaban detenidos. La consigna era no generar clima de triunfo ni de euforia, sino de bajo perfil. Nos tranquilizó mucho saber de boca de los liberados que el trato hacia ellos había sido correcto. Ambos comenzaron a oficiar las Misas vespertinas, pero sin referirse a la situación que se había vivido. Todos sabíamos que agentes de los servicios de informaciones venían a escuchar los sermones, y después supimos que les pareció sospechoso que el día del regreso se hubiera oficiado una Misa concelebrada. Como era de esperar, Monseñor Aramburu tampoco aceptó la nueva propuesta del General, pese al miedo y la disposición de aceptar del Padre Point, y siguió exigiendo la libertad de los restantes. Se acercaba la Navidad y la situación ya se hacía insostenible sin una definición.

 

28.- El día antes de la Nochebuena pusieron en libertad a los dos sacerdotes que faltaban. Canal Feijoo y Hladki fueron dejados esa tarde en la Parroquia. Pero quienes traían a Canal Feijoo le advirtieron que nadie respondía por su vida si no se marchaba del país dentro de las veinticuatro horas. El Padre Point esta vez no recabó la opinión del Arzobispo y se lo llevó a Francia en el primer avión disponible. La Misa de Nochebuena se celebró con el templo colmado. La alegría inmensa del retorno no fue suficientemente festejada. Imperó la prudencia, el miedo latente y la necesidad de no producir ningún hecho que pudiera ser leído como una provocación. La militancia perseverante de la comunidad parroquial, la firmeza de las autoridades eclesiales, tanto del Arzobispado como de la Congregación y de la Nunciatura y la presión de la Embajada de Francia habían logrado el objetivo de liberar a los sacerdotes sin condicionamientos, salvando su carácter de inocentes.

 

29.- La intervención militar dejó huellas profundas, tanto en la Parroquia del Santísimo Redentor como en el Colegio San Miguel. En la Parroquia siguió Andrés Bacqué como Párroco, respaldado por el Padre Marqué, los sacerdotes que se quedaron y la dirigencia parroquial que continuó con sus tareas, redoblando los esfuerzos. La Junta Pastoral Parroquial convocó a varias “convivencias”, jornadas comunitarias que mantuvieron el espíritu elevado de la feligresía y aumentaron su unidad y su compromiso. Pero nos sentíamos vigilados, por lo que las actividades se realizaban con extrema prudencia y precaución, acrecentándose la buena relación con el Cardenal Aramburu y el Obispo Canale, quienes cada tanto concurrían de visita. Algunos pocos dirigentes parroquiales dejaron de concurrir, y otros, pocos también, redujeron su presencia.

 

30.- El Colegio fue intervenido por el Ministerio de Educación. La Congregación, con apoyo del CONSUDEC, organismo gremial que agrupaba a los colegios católicos, impugnó judicialmente la medida. El Juez de Primera Instancia del Fuero Federal en lo Contencioso Administrativo, Dr. Jorge Cermesoni, sentenció rápidamente a favor de la Congregación. La Cámara de Apelaciones revocó el fallo por dos votos contra uno, del Dr. Ideler Tonelli. Pero la intervención duró pocos meses. A su finalización asumió como representante legal del Colegio el Padre Marqué. El Colegio resultó mucho más afectado que la Parroquia. Bajó la matrícula de alumnos y hubo un recambio importante de profesores. Con el tiempo se fue normalizando.

 

31.- Al año y medio de los sucesos, el Padre Bacqué viajó a Francia, asumiendo el Padre Marqué como Párroco de la Parroquia, reteniendo el cargo de representante legal del Colegio. En 1980 volvió a la Parroquia, ocupando nuevamente el cargo de Párroco durante varios años. Canal Feijoo desde su llegada a Francia trabajó en una Parroquia de Toulousse, amiga de los lourdistas, y allí estuvo tres años. A su regreso la Congregación lo destinó como Párroco en la Parroquia de El Rodeo, Catamarca, que abarca la capilla de La Puerta y otras localidades pequeñas de las montañas catamarqueñas. Ignacio Racedo Aragón se quedó un tiempo en Buenos Aires y luego ejerció como Párroco en una Parroquia de la diócesis de San Martín, Provincia de Buenos Aires, cercana de la villa Hidalgo, de la cual se ocupó. Daniel Hladki luego de liberado se radicó en Tucumán, ejerciendo en el Colegio Sagrado Corazón de la capital provincial y posteriormente volvió a La Puerta, en Catamarca. 

 

32.- Uno de los ex alumnos que imprimieron los volantes en el mimeógrafo y un integrante del grupo de la Misa de la Juventud de años atrás, también ex alumno, son detenidos desaparecidos. Otro ex alumno e integrante de ese grupo vivió varios años en el exilio. El otro ex alumno del mimeógrafo fue asesinado.

 

Relato como aporte a la Memoria. 

Son 30.000 - ¡NUNCA MAS!

24 de marzo de 2020

Ángel Bruno





 

 


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