Opinión

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22/05/2015 | Corte Suprema

El Caso Fayt: olvidos y olvidadizos

Por Carlos María Cárcova

Por circunstancias en extremo conocidas, la figura del Dr. Carlos S. Fayt, adquirió en los últimos días una extraordinaria notoriedad. Se ha discutido mucho acerca de su decisión de no atenerse a las disposiciones constitucionales en materia de edad y ratificación eventual de sus funciones, y a la insólita convalidación de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, validando su postura. Se ha discutido si el actual debate acerca de su idoneidad psicofísica es procedente o no lo es. Y muchas otras cosas menores. En todos los casos se habla de estos hechos puntuales y se da por supuesto que la trayectoria anterior del Dr. Fayt, es incuestionable cuando, en verdad, no lo es y miles de abogados que han estado desde hace años vinculados en la Asociación de Abogados de Bs As,  lo saben perfectamente bien.

Trataré de ceñirme a hechos concretos y verificables y no a criterios subjetivos.

Oí hablar del Dr. Fayt por primera vez cuando, siendo un chiquilín que recién ingresaba al secundario, me interesé por la política. Él era el consecuente organizador de las Campañas de Educación Cívica que convocaban semanal o quincenalmente a la ciudadanía en una plaza pública para discutir sobre temas institucionales. Recuerdo que los diarios de la época destacaron sorprendidos que entre los asistentes se encontró, en una oportunidad, al mismísimo General Aramburu y su esposa. El Dr. Carlos Fayt y sus colaboradores, más allá de la notoriedad que conllevaba la tarea, buscaban diseñar una ingeniería institucional de nuevo tipo que preservara los valores del liberalismo político, pero que al mismo tiempo, bloqueara cualquier participación del peronismo proscripto. Debe reconocerse, la tarea para ser coherentes, no era sencilla.

Supe del Dr. Fayt varios años después, cuando a partir de 1961 ingresé a la carrera de derecho en la UBA. Tenía por entonces el cargo de Prof. De Derecho Político, asignado por las autoridades. Desde 1955 y hasta unos tímidos intentos al inicio de los 70, no hubo concursos regulares en la Facultad de Derecho de la UBA. Estos comenzaron seriamente, sólo después de 1983 con la reorganización democrática del país y de la Universidad.

En 1967 obtuve mi diploma y como otros compañeros, decidí hacer mi aporte a la lucha contra la dictadura militar de entonces (Onganía/ Levingston/ Lanusse) trabajando en la denuncia pública y en la defensa de presos políticos. Con tal intención, en cuanto estuve en condiciones, me incorporé a la Asociación de Abogados de Bs. As. Debe recordarse que por entonces no existía en la Capital Federal colegiación obligatoria, obtenida recién en la época y con apoyo del Presidente Raúl Alfonsín, es decir con posterioridad a 1983.

En el ínterin la abogacía porteña estuvo representada por el Colegio de Abogados de la calle Montevideo, que carecía de entidad numérica, pero que era muy sólido en función de que la mayoría de los abogados que lo integraban eran los hombres de confianza y los asesores de los grupos más concentrados del poder económico del país. Naturalmente se sumaba a ello una ideología de casta que no permitía la entrada o expulsaba sin más, al “medio pelo” profesional.

De algún modo la creación de la AABA vino para darle un lugar a esa gente que no se sentía cómoda en la lógica oligárquica y discriminatoria del Colegio de Abogados. Se trataba en general de profesionales de clase media, de ideología presuntamente democrática e igualitarista, buena parte de ellos, por entonces, (pueden verse los padrones) de origen judío.

El Dr. Fayt se puso al frente del núcleo fundador y lo condujo por varias décadas con mano férrea, exactamente hasta que, próximos a la retirada militar después del desastre de Malvinas, quienes nos oponíamos a su política y la de sus seguidores, pudimos ganar una Asamblea, modificar los estatutos y darle a la AABA nuevas tareas y perspectivas.

Lo que el Dr. Fayt y su grupo de seguidores -entre los cuales, debe señalarse, había gente de probada capacidad  y honestidad- habían concebido al tiempo de constitución de la AABA era, no una institución representativa de la democracia y la república (de hecho la mayoría de ellos seguía defendiendo la proscripción del peronismo), sino una especie de ateneo amical que se reunía semanalmente en Comisión Directiva y que permitía la participación de los socios con voz, pero sin voto.

Y bien, ¿quiénes éramos en épocas ya dictatoriales de finales de los 60 y principios de los 70, los que concurríamos a esas reuniones para confrontar, por las razones que explicaré, con  la Comisión Directiva? Por un lado, los abogados ligados al Partido Comunista, por el otro algunos jóvenes egresados comprometidos con la lucha contra la dictadura y los derechos humanos. Debe sumarse a este conjunto algunos hombres destacados de la militancia social cristiana y luego, cada vez en mayor número, a los familiares de los detenidos desaparecidos.

¿Qué nos enfrentaba con la conducción de la AABA? El Dr. Fayt y sus seguidores sustentaban la tesis de que la situación institucional del país sometido a una dictadura que había prometido gobernar por 25 años, que ejercía métodos represivos, que creaba fueros especiales (Camarón) que  se valía de la tortura y eventualmente, de la desaparición o el asesinato de personas, era una cuestión de naturaleza política y como tal debía procesarse en ámbitos que no eran el de la actividad profesional. Esta debía reservarse a la defensa de los intereses gremiales y profesionales de los abogados.

Nosotros creíamos, en cambio, que la primera función, connatural a la existencia de una asociación de profesionales de la abogacía, era la defensa de la Constitución y el estado de derecho.

¿Por qué prevalecían las opiniones del Dr. Fayt y de muchos de sus distinguidos seguidores? Porque habían aprobado oportunamente un estatuto que disponía la integración de la Comisión Directiva por lista completa. De modo que, la agrupación que sacara un voto más que la que con ella confrontara, se llevaba todos los cargos, impidiendo la representación las minorías. Esa disposición estatutaria y el manejo por años de la estructura burocrática interna, tornaba virtualmente imposible no sólo ganarles una elección, sino ser tenidos mínimamente en cuenta. Muchas de las personas que seguían al Dr. Fayt en esta política, eran gente confundida y honorable. Uno de ellos, de los más destacados,  tenía una hija desaparecida y me consta que hizo lo que estuvo a su alcance por rescatarla, pero seguía sosteniendo que no era la Asociación la que debía encabezar su reclamo. En el otro extremo, Augusto Conte Mc. Donall dio muchos debates sosteniendo la posición opuesta y reclamando ser institucionalmente respaldado para batallar por su hijo desaparecido. También lo hizo Fermín Mignone, fundador del CELS, cuya hija fue desaparecida y asesinada, según se supo más tarde.

Llegado el año 70/71 se produce el secuestro del abogado Nestor Martins y de su cliente Centeno. Esa circunstancia colmó el vaso y muchos de quienes no compartíamos la posición del Dr. Fayt, sordo y ciego respecto de las cruentas circunstancias por las que atravesaba el país, abandonamos la AABA y fundamos la Asociación Gremial de Abogados que, básicamente, integraban gente joven de militancia peronista y una variada gama de expresiones de izquierda, desde las de clara filiación democrática, a las de clara filiación insurreccional.

De todos modos los ejes principales de la actividad propuesta en ese espacio, eran precisamente compartidos: a) denuncia de la represión y, b) defensa de los presos políticos.

En el transcurso de la corta vida de la Gremial de Abogados, su sede social fue volada con elementos explosivos en tres oportunidades. Llegó a tener 300 asociados. Cuando finalizó la dictadura asesina de Videla y sus cómplices, solo quedaban con vida 50 de aquellas personas.

En fin, luego del golpe del 1976 la Gremial despareció y algunos de nosotros volvimos  a dar batalla a la Asociación de Abogados de Bs. As. Nos enfrentamos muchas veces con el Dr. Fayt, por cierto de manera educada, mucho más educada de la que él practicaba. Pese a su irritado antiperonismo, no vacilaba en echar mano de la “moción Astorgano” de cierre de debate, cuando se cansaba de discutir. Sólo que los crímenes de lesa humanidad estaban cada vez más a la vista, la presión de las organizaciones de derechos humanos era mayor y la conciencia pública, reforzada por el desastre de Malvinas, progresivamente más clara. Por fin ganamos esa porfía los que queríamos una Asociación de Abogados comprometida con la Constitución y el Estado de Derecho. El Dr. Fayt no concurrió más, en forma regular, a la Asociación y ésta se transformó en una de las entidades más prestigiosas por su  compromiso integral con los derechos humanos.

De todo lo que he narrado hasta aquí, hay miles de testigos, actas y documentos de diversa especie que lo acreditan y que, si es del caso, pueden traerse a cuento.

Lo cierto entonces es que el Dr. Carlos Fayt fue siempre  un hombre de una inteligencia singular, de una ambición ilimitada, de un estilo personal autocrático y despectivo y, claramente, de una concepción antidemocrática y antirrepublicana. Su resistencia a aceptar la norma constitucional que restringía temporalmente su mandato, constituye sólo una prueba más de lo que se afirma.  Al acompañarlo en su pretensión, la CSJN ha dado un paso en falso, el primero quizá de una larga serie. Es un principio establecido del derecho público que no existen derechos adquiridos frente a las normas de orden público. Cuestión que conoce el Dr. Fayt y quienes votaron de la manera en que lo hicieron.

Finalmente, ante el vacío legal, corresponde a la propia Corte Suprema determinar si sus miembros conservan habilidad psiquiátrico-psicológica para el desempeño de sus responsabilidades. De ninguna manera tal comprobación puede entenderse como una agresión o una desconsideración. Mucho menos,  en un caso como el que concierne al Dr. Fayt, por su muy avanzada edad.

Tomar esa responsabilidad implicaría no sólo cumplir con una obligación propia, sino además, preservar el principio de división de poderes, de manera seria y responsable.

 

Carlos María Cárcova

Profesor Titular Emérito UBA


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