Opinión

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17/10/2020 | Revista Zoom

Lealtad a las garantías

Por Alejandro Slokar

La evocación del 17 de octubre de 1945, cuando aquel “subsuelo sublevado de la patria” de Scalabrini Ortiz -que antes supo acompañar multitudinariamente a Hipólito Yrigoyen- fue a exigir el cese de prisión de Juan Perón, siempre servirá para recordar la consolidación del nacimiento de una nueva etapa. Sobre esto, no hay dudas.
Esa muchedumbre reivindicadora de sus derechos se dirigió a tomar -hasta bien entrada la noche- los faroles, canteros y fuentes de la plaza, de modo de evitar la traición y consagrar la lealtad. Todo lo demás llegó con el vértigo de los meses siguientes: un Partido Laborista, triunfante contra la entente conducida por “la” embajada, devino en efectivizar el primer postulado de sus principios, una “Patria Justa”, nombre de un manual escolar que editará Kapelusz por aquellos años.
Seguramente, el Justicialismo contempló ese “privilegiado” niño, alzado en brazos por Perón en el célebre balcón, durante el acto central del 17 de octubre de 1946. El mérito: no haber registrado ninguna ausencia en la escuela. Lo que poco trascendió de ese primer aniversario de la epopeya es que en horas tempranas, recordando su detención en Martín García un año antes, el presidente y Eva Perón habían decidido concurrir a visitar la Penitenciaría Nacional. En aquella sede donde, al cabo de una década exacta, fusilarían junto a otros mártires al Gral. Valle, antes de que lograra espetarle a los usurpadores: “Entre mi suerte y la de ustedes, me quedo con la mía (…) Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos las dicta el odio, sólo el odio de clase o el miedo”.
Pero para 1946 los aguardaba en el penal el inolvidable Roberto Pettinato, junto con funcionarios y presos, a quienes Perón discurseó: “Hoy 17 de octubre, día que podríamos llamar de los humildes, he querido llegar hasta esta cárcel (…) Al hacerlo traigo sólo la palabra de salutación y de aliento para todos los que se encuentran en esta casa (…) Esa obligación es la de recordar siempre que los hombres que [aquí] se encuentran son también hombres y son también argentinos (…) La dignidad humana se encuentra en todas partes y estas cárceles deben ser escuelas de readaptación, que vayan convirtiendo a los penados en hombres útiles para la sociedad. Si así no lo hacen, ni el personal ni la cárcel cumplen su misión (…) Si esto se cumple, si todas las cárceles argentinas que por la Constitución no son lugares de castigo sino de seguridad, llegan a realizar esta función de readaptación, tendremos que agradecer mucho a este sistema que instauramos hoy y lo recordaremos todos los 17 de octubre, en todas las cárceles de la república, para que el pueblo vaya sabiendo que también a esta triste y oscura etapa de la vida de los hombres ha llegado un hálito nuevo, propulsor de una sociedad nueva que quiere liberarse para siempre del sacrificio estéril y de la desgracia”.
Claro que esta proclama alcanzará su máxima proyección en la Constitución Nacional de 1949, que aún años antes de las reglas mínimas de Naciones Unidas, se anticipó al estatuir en su art. 29: “Las cárceles serán sanas y limpias, y adecuadas para la reeducación social de los detenidos en ellas; y toda medida que, a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que la seguridad exija, hará responsable al juez o funcionario que la autorice”.
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Más aún: únicamente una obcecada necedad puede renegar de un auténtico programa garantista, que en el texto del ‘49 -bajo la pluma jurídica de Arturo Sampay- no sólo instituyó un encierro humanitario, sino que constitucionalizó el hábeas corpus y convirtió en ley suprema la aplicación de la ley más benigna, la prohibición de la analogía y el beneficio de la duda en favor del justiciable. Todo al amparo de “la irrevocable decisión de constituir una Nación socialmente justa”, como rezaba el preámbulo.
A lo mejor será feliz coincidencia que, ante la pregunta espontánea de una criatura de 9 años (“¿Qué te gusta más de ser Papa?”), Francisco respondió: “Me gusta mucho ir a las cárceles pero no que me detengan en la prisión. Porque al hablar con los detenidos (…) me pregunto a mí mismo: ¿Por qué ellos y yo no?”.
Estas imágenes, y las páginas de entonces y hoy, nos imprimen la elevada función limitadora que, frente a cualquier oleada represiva, deben cumplir el Estado y sus agentes responsables, si sus decisiones están inspiradas en el pleno respeto de los derechos en democracia. Pero lo más importante: nos revelan que aún frente a la peor inclemencia, la historia siempre deja preñado al futuro.

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