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04/09/2015 | Opinión

Simón Bolívar y la actualidad de una profecía

Por Luis Fernando Niño

El 6 de septiembre se cumplirán dos siglos de la suscripción por Simón Bolívar de la célebre “Carta de Jamaica”, dirigida a Henry Cullen, comerciante de origen británico interesado en la independencia de Hispanoamérica del dominio español. Desalentado por el fracaso de la Segunda República instaurada en Venezuela, debido a la reconquista de su territorio por la corona borbónica, Bolívar ensayó en esa oportunidad una visión global del continente, aventurando un pronóstico para cada región; y al referirse a la nuestra, formuló un vaticinio tan certero que conmueve a quien regresa a su lectura.
 
Señalaba allí quien, una década más tarde, habría de coronar sus hazañas bélicas con la victoria de Ayacucho, que “juzgando por lo que se trasluce y por las apariencias, en Buenos Aires habrá un gobierno central en que los militares se lleven la primacía, por consecuencia de sus divisiones intestinas y guerras externas. Esta constitución degenerará necesariamente en una oligarquía o una monocracia, con más o menos restricciones, y cuya denominación nadie puede adivinar. Sería doloroso que tal cosa sucediese, porque aquellos habitantes son acreedores a la más espléndida gloria”. La anarquía que sucedió a los primeros años de vida independiente de nuestro país, traducida en arduas guerras fratricidas entre unitarios y federales, condujo al centralismo consolidado tras la batalla de Pavón, en 1861, con la paralela desaparición de la Confederación, desdibujando en los hechos el modelo constitucionalmente instaurado ocho años antes.
 
A partir de tal contienda, que inauguró el período de la llamada “organización nacional”, la gravitación del poder militar, omnipresente desde la emancipación del poder colonial peninsular, se mantuvo latente en el derrotero institucional de la República, favoreciendo el afianzamiento de una oligarquía terrateniente protagonista de tempranas alianzas con capitales extranjeros, beneficiaria de una campaña genocida contra los pueblos originarios y resguardada oportunamente de las expresiones de descontento popular, como la huelga operaria en Santa Cruz, entre 1920 y 1921, epilogada con el fusilamiento de centenares de trabajadores a manos del Ejército.
 
Desde 1930, y durante un holgado medio siglo, la violenta intromisión de las Fuerzas Armadas, acicateada una y otra vez por los mismos intereses, derrocó gobiernos legítimamente proclamados e impuso, a la par del terrorismo de Estado, planes económicos ajenos al interés de las grandes mayorías.
 
En suma, los elementos que componían la funesta predicción bolivariana –centralismo, prepotencia castrense, oligarquía, restricción de derechos y libertades– se dieron infausta cita en la Argentina; y el dolor enlutó a nuestro pueblo, generación tras generación. A doscientos años de aquel sombrío pero atinado presagio, la opción parece clara: avanzar en la construcción de una democracia real, tendiente a articular lo formal con lo sustantivo, o dejarnos seducir por quienes, invocando cambios, pugnan por retroceder.

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